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SABER CUAL ES EL MEJOR CONSEJERO.

Los consejos, nos hemos vuelto adictos tanto a darlos cómo a recibirlos. Suelen ser en su mayoría palabras que solemos tomar de alguien más, ya sea cercano o un completo desconocido, los consejos se presentan cómo ayudas para poder resolver algún conflicto, duda, problema, deberían ser una guía para tomar algún tipo de decisión, o en algunas ocasiones se convierten en sugerencias frente a algo en particular.

Opiniones.

En muchas ocasiones, los consejos son simplemente opiniones. Por eso, a menudo podemos distinguirlos, ya que las opiniones son gratuitas. A la gente le encanta dar su opinión sobre las cosas, pero no siempre recibirla (aunque eso no significa que no nos afecten las opiniones de los demás). Hay empresas dedicadas a aconsejar, asesorar y guiar a las personas, desde temas jurídicos hasta decisiones de vida. Pero entonces, ¿Cómo elegir cuál es el mejor o a qué se refiere el título de este blog?

Primero comprendamos.

El tema está, primero que todo, en poder generar el mínimo de conciencia frente a este aspecto que tantas veces se pasa por alto. Si nos detenemos a analizarlo en mayor profundidad, los consejos, de manera lenta pero constante, se convierten no solo en nuestra guía de vida, sino en la gran mayoría de ocasiones en nuestro yugo.

La forma en que vivimos nuestra vida está influenciada por nuestras creencias sobre ella                                                                                                ( https://www.silverfoxmentalcoach.com/2023/10/10/nuestra-percepcion-y-nuestras-creencias-configuran-la-realidad/ ), las cuales en su mayoría provienen del condicionamiento y del impacto que los consejos y opiniones de otras personas (en su mayoría bien intencionadas) pueden tener en nuestras vidas.

Nuestras nociones de bien y mal se generan desde una edad temprana, basadas en nuestras experiencias de la infancia. Sin embargo, la elección de qué hacer o qué camino seguir puede estar influenciada en mayor medida por los consejos que recibimos sobre lo que está bien y lo que está mal.

El problema de todo esto radica en que muchas veces logramos percibirlo, pero no sabemos qué hacer al respecto. Los demás pueden darnos consejos que parecen muy verídicos, directos y beneficiosos, pero no los seguimos. O en ocasiones, si los seguimos, no obtenemos los mismos resultados que aquellos que nos dieron el consejo desde un principio.

Ok, y entonces ???

¿Cuál es entonces el problema y por qué solemos sentirnos perdidos en ocasiones? Buscamos una guía en las palabras de alguien que nos ayude a superar obstáculos, seguir adelante o nos indique qué hacer y qué camino o acción tomar. Sin embargo, ¿existe alguna garantía de que ese consejo será beneficioso para nosotros?

Bueno, el problema se genera desde ahí, en el momento en que nos retiramos a nosotros mismos de la ecuación. En el momento en que comenzamos a escuchar más al otro que a nosotros mismos, nos convertimos lentamente en esclavos de la caridad y la buena voluntad de aquellos que nos rodean (amigos, familiares, compañeros, redes sociales, etc.). Sin darnos cuenta, comenzamos a generar una dependencia para saber qué rumbo debe tener nuestra vida. Y bueno, digo, tiene sentido cuando pensamos que llegamos a este mundo y que en cierta medida somos totalmente dependientes de la opinión y creencias de nuestros cuidadores.

Sin embargo, a medida que vamos madurando y creciendo, es importante permitir que los procesos naturales se desarrollen y así lograr independencia. La importancia de saber escuchar nuestra voz interna es lo que realmente es fundamental. En otras palabras, abundan los consejeros, ya sea de forma directa o indirecta. Puede ser un comercial que aconseje comprar un producto de limpieza, o nuestra madre que nos recomienda algo, o alguien que ha pasado por un duelo y comparte su experiencia cuando nosotros estamos pasando por lo mismo, o un terapeuta que nos brinda la mejor manera de enfrentarlo.

Balance (Emociones y Razon)

Es sumamente importante saber escuchar todo lo que los demás tienen para decir, ya sea que lo expresen directamente o que lo captemos entre las líneas de un libro, o simplemente prestando atención y aplicando un filtro a los consejos que nos llegan. Ese filtro se encuentra en nuestra propia conciencia o en nuestra falta de ella. Aquí no importan tanto los “hechos” como la importancia que tiene aquello que resuene con nuestro sistema de creencias y que sea lo suficientemente eficaz como para que valga la pena seguir dicho consejo.

Pensemos en el caso contrario, es decir, si solo siguiéramos los consejos basados en los supuestos “hechos” más claros o mejores, no habría profesionales de la salud especializados en el seguimiento de pacientes crónicos para garantizar que sigan su tratamiento, ni leyes que sancionen a las personas que no usen el cinturón de seguridad al conducir (esto suena absurdo, ya que estas leyes buscan beneficiar a los propios ciudadanos y proteger sus vidas). La gente debería seguir estas recomendaciones porque la razón lo dicta y los estudios lo confirman, ¿verdad?

Sin embargo, no funcionamos así. Nos movilizamos más por lo que sentimos que por lo que pensamos. Nuestras emociones dictan nuestras acciones más que nuestra razón. Debemos hacer algo más por nosotros mismos para poder guiarnos en esta vida. Pero ese cambio debe surgir desde nuestro interior para ser expresado en el exterior. El mejor consejero siempre seremos nosotros mismos, siempre y cuando logremos tener la capacidad de escucharnos y confiar en nuestro discurso interno.

Se trata de entender cuánto resuena el mensaje que nos envían en forma de opinión, asesoría, experiencia o consejo, y la interpretación que hacemos de ello a través de nuestras emociones. La claridad de este canal de comunicación con nosotros mismos es lo que nos convierte en nuestros mejores consejeros. Siempre lograremos adaptarlo a nuestra propia realidad, de modo que el consejo externo puede ser solo una opinión, pero nuestra guía interna será siempre la que nos indique el camino a seguir, quizás inspirada por las palabras de otros, pero nunca sin antes pasar por este proceso de filtración o interpretación.

Paso a la acción-Toma de decisiones.

¿Hasta qué punto está relacionado con la sensación de “tomar la decisión correcta”? Es importante recordar que, más que la decisión tomada en un punto o momento específico (la cual está inevitablemente ligada al tiempo y a quién era uno mismo en ese momento), no es justo consigo mismo pensar en el arrepentimiento por una decisión pasada. En cambio, se debe aprender de ella y para eso, comprender por qué en ese momento se creyó que era la mejor opción.

Entonces, se trata más que nada de qué hacemos con las consecuencias o, mejor dicho, los resultados de aquello que decidimos. La decisión incorrecta no se basa en el resultado en sí mismo, sino en lo que hacemos con esa decisión y las consecuencias que se derivan de ella. De esta manera, la toma de decisiones se delega a un punto más amplio en el que proyectamos las posibles consecuencias y tratamos de elegir la mejor opción. Es aquí donde es importante elegir desde un punto de vista emocional, y no simplemente práctico o racional, ya que nuestro sistema emocional será el encargado de lidiar e interpretar estos resultados y puede cambiar la asociación de la elección a algo positivo o negativo.

Es obvio que tenemos un miedo natural a lo desconocido y, en muchas ocasiones, nuestras decisiones se basarán en el deseo y la seguridad. Es importante el autoconocimiento para lograr discernir entre ambos, dado que el punto no siempre será blanco o negro, sino una escala de grises que más nos convenga según un propósito más elevado. De esta manera, podremos predecir o, al menos, generar la satisfacción necesaria para apoyar nuestra decisión y obtener lo mejor posible para nosotros mismos.

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